Lluvia de olas
Mientras mi hija estaba en su clase de francés, Fer y yo hemos dado un paseo por la ciudad. El cielo estaba gris y el aire frío; nuestras manos entrelazadas, tibias.
Nos hemos acercado al Paseo Nuevo. El mar estaba agitado y las olas rompían con fuerza sobre el muro de piedra. Chocaban contra las rocas y, un par de veces, un gran chorro de agua ha caído sobre corredores y viandantes.
Yo he estado un rato asomada en el muro. Fer no quería mojarse, así que se ha quedado esperando al otro lado de la calle. Observaba cómo nacían las olas, cómo se iban acercando. Cuando parecía que una iba a romper tan fuerte que sobrepasaría el muro, me alejaba corriendo.
Me ha llovido la espuma de las olas.
Estaba ahí, profundamente concentrada, jugando con el mar, y me he puesto a pensar en cómo podría escribir ese momento. Pero he llegado a la misma conclusión a la que he llegado tantas otras veces. No se puede.
Se puede crear un texto, un poema, una imagen a partir de esa experiencia. Pero la experiencia en sí es inefable.
Hay una parte de mí a la que le gustaría poder asir esos momentos de placer, de delicia, de belleza. Guardarlos. Hacer algo con ellos.
Pero no se puede. Desaparecerán incluso de mi memoria como lágrimas en la lluvia. Pero habrán sido.